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Una radiografía a la generación milenio

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He sido catedrático universitario durante los últimos ocho años de mi vida. He conocido, ya superficialmente, ya profundamente, a más de un centenar de jóvenes que aspiran a terminar una licenciatura o una maestría, y a otros tantos que han egresado de secundaria para continuar sus estudios preparatorios. A muchos de ellos les recuerdo con especial afecto y a todos con agradecimiento por las enseñanzas que me han proveído (aunque a veces ellos mismos no supieran que lo estaban haciendo). Así que, ahora que me han solicitado describir cómo los miro, aclaro que mi visión está limitada por esa experiencia y que los datos que habré de referir representan, tan sólo, una opinión. Tres temas he de abarcar en esta descripción: cómo pienso que se relacionan con el aspecto sociopolítico, cómo se diferencian culturalmente de la generación anterior y cómo se muestran en el terreno académico.
En cuanto al aspecto sociopolítico, pienso que, al igual que los que pertenecemos a la generación anterior, los jóvenes del presente no se visualizan todavía en forma clara como actores sociales, desconocen las necesidades más imperiosas de su entorno y no muestran un gusto particular por enterarse de las mismas. Muestran desencanto por las cuestiones que los adultos llamamos “trascendentales” y les gustan más los problemas mediatos y espectaculares. Los considero apolíticos – y a juzgar por como están las cosas, no los culpo, créanme -, aunque pienso que a su debido tiempo no les quedará otra opción más que asumirse como seres políticos y ejercer para el bien común su poder. Empero, esta primera condición de aparente desvinculación con el entorno sociopolítico debe verse matizada por dos factores: uno, que tiene que ver con las limitaciones de nuestra propia sociedad, cuya educación cívica es limitada y cuyo ejercicio de la democracia casi se encuentra reducido a la emisión de un voto cada cierto tiempo; el otro factor sería, por supuesto, que se encuentran en proceso de formación y, por lo tanto, su madurez es algo que todavía está por llegar. Sin embargo, con muchos de ellos he comprobado que su aparente desinterés tiene que ver más con desconocimiento que con apatía, puesto que al hablar de estos temas suelen mostrarse gratamente sorprendidos y, lo que es mejor, se muestran abiertos al análisis de esos temas de una forma natural y sin prejuicios. Además, no es menos cierto que poseen un dinamismo especial y un manejo de la tecnología que les devuelve muchas posibilidades en un mundo global rebosante de retos, razones que me llevan a mirarlos también como una generación que tiene muchas posibilidades de incidir positivamente en el cambio social si se encuentra debidamente in-formada.
Por otra parte, creo que la primera diferencia entre nuestras generaciones (la actual y la anterior) es el gran número de sub-culturas que ahora son asequibles, gracias a la exportación global de referentes culturales que favorecen los mass media. Nosotros, los que pasamos de 30, no teníamos tantos paradigmas y en ese sentido estábamos limitados. Hoy los jóvenes pueden vestirse, relacionarse, hablar, escuchar y amar de formas convencionales o particulares, pero tienen muchas más opciones para identificarse. Tal vez sea precisamente ésta una de las situaciones que, cuando pienso en los jóvenes de hoy, más me parece que los definen: su diversidad cultural. En tono algo nostálgico, los miro y observo a mi generación, y veo que hemos pasado de los jeans que se doblaban para “entubarse” (casi como moda única), a los jeans acampanados, deslavados, pegados, sucios, rotos, descosidos, con etiquetas, dibujos o con chaquiras, metales y piedras (escribo esto y me siento un poco ancianito, pero tengo 31 años…no cabe duda que el tiempo es relativo y que, en efecto, con este escrito confirmo mi entrada sin retorno a la generación anterior). 
La diversidad como posibilidad de elección, les ha dado un poder que no conoció generación alguna antes de ellos: el de escoger entre múltiples opciones, como trajes hechos a la medida en casi todos los ámbitos de su vida; sin embargo, al mismo tiempo, les ha abierto tantas posibilidades que tal vez haya provocado que muestren un miedo general al compromiso y se enajenen como nunca antes: Por desgracia, creo que esta será también recordada como una de las generaciones más proclives a la superficialidad y a la adicción (proclive aquí significa que tienen especial riesgo de caer en ese problema, no necesariamente que ya lo estén viviendo).
Los miro más detenidamente y pienso que podrían ser definidos como la generación de los implantes, de las cirugías, de la anorexia, la bulimia y el cosmético, así como del trastorno por déficit de atención (que mis abuelas llamaban “berrinche”). Es la generación que inventa a los metrosexuales, que filosofa con los conductores de televisión abierta, que se forma opinión con los conductores de noticieros y que conoce la geografía a través de los especiales de Discovery Channel o del uso del GoogleEarth. Es la generación que escucha banda y techno, hip hop y rock ochentero…todo en listas mezcladas (tipo shuffle), porque suelen aburrirse con extrema facilidad. Los jóvenes que conozco nacieron con el cambio en las venas y el cambio se impone: una canción de banda, una de techno, una de rock gótico y luego una balada pop, pues lo importante pareciera ser, de nuevo, lo diverso.
Por supuesto, esta aparente banalidad que describo podría ser muy bien un mecanismo defensivo ante la complejidad que supone enfrentarse a un mundo global para el cual no fueron preparados. La generación de la “fuga hacia adelante”, que busca respuestas en las redes sociales virtuales (Hi5, Facebook, Metroflog, Twitter son, según los expertos, los sitios más visitados por los jóvenes en la web) y que tiene listas interminables de contactos en su messenger, pareciera tener miedo a las relaciones reales, que suponen enfrentarse con la complejidad y la soledad y el esfuerzo y la tenacidad. Claro está que no hemos sabido prepararlos para enfrentar estos desafíos. Pocos adultos podemos plantearles el problema – para no hablar de soluciones – y por ello es probable que sientan ese avasallamiento: los hemos dejado solos y ellos corren hacia el único lugar posible: el placer inmediato y fugaz.
Por el lado de sus cualidades (que abundan si las comparamos con las que tenemos los adultos) también es la generación de la comunicación expedita, que lee en la computadora sin cansarse y que resuelve a veces con rapidez extraordinaria, problemas que en mi época nos llevaba tardes enteras en las bibliotecas. Es una generación creativa y energizada, que sabe transmitir con eficacia lo que quiere y que tiene dones persuasivos que ya hubieran querido los griegos que hablaban en el ágora. Es una generación que se ha blindado contra los miedos que generan los cambios acelerados en la tecnología porque nacieron en ese contexto: no hay quien maneje mejor celulares, Ipods, laptops y websites. De hecho, como profesor, he llegado a pensar que esas famosas tareas de investigación sobre datos biográficos o conceptuales deberían llegar a su fin, puesto que los jóvenes tienen la posibilidad de enterarse de muchos datos que no aparecen en los libros con los que fuimos formados quienes pertenecemos a la generación “x”. En no pocas ocasiones he quedado sorprendido con su capacidad de organización, de convocatoria y de conocimiento previo sobre los temás que son de su interés.
Mención aparte merece el aditamento que complementa su vestimenta, cuya indispensabilidad no es puesta a prueba por los jóvenes, quienes se angustian sólo de pensar en quedarse sin celular. Este aparato los acompaña a todas partes. En el cine, en las clases, en los parques, en sus casas, a todas horas, incluso mientras hablan entre sí, el celular es fuente inagotable de energía, diversión y distracción. Creo que – aunque nadie me lo haya pedido – si tuviera que representarlos, los dibujaría, sin duda, con un celular en la mano. Símbolo de estatus y de pertenencia, debe renovarse de tiempo en tiempo, cosa que supone un gasto significativo, pero los jóvenes siempre encuentran la manera de obtener uno más moderno, más sofisticado en sus funciones, y más pequeño y ligero, lo que ilustra que son, también, decididos y tenaces en la consecución de sus objetivos.
Además, los veo como la única generación que genuinamente se ha preocupado por su planeta y por el legado que ha de dejar a las generaciones venideras. Los jóvenes de hoy reciclan, reutilizan y separan la basura, y censuran a quienes no lo hacemos. Son quienes han desarrollado la fuerza de las ONG’s para defender los derechos de las minorías y quienes tienen más claro que hablar de frente es una virtud y no un defecto. Cuestionan (y ojalá lo sigan haciendo), critican, se inconforman sin miedo ante cualquier autoridad y con ello promueven una dinámica de mejoramiento social constante.
En el plano académico tienen algunas particularidades que me llaman la atención. En apariencia, estas formas aceleradas a las que están acostumbrados en el mundo real vuelven pesada a la escuela por su enfoque cásico. Las cuatro paredes que los limitan y las largas horas que deben permanecer casi inmóviles les llegan a parecer más largas porque no hay un dinamismo suficiente en las clases. Si nosotros podíamos - y debíamos - escuchar con atención los discursos de nuestros profesores, ellos prefieren las diapositivas electrónicas animadas y con poco texto, así como los videos y las presentaciones multimedia. Difícil se vuelve el ejercicio docente porque asombrar a los chicos de esta generación es misión casi imposible, pues casi todo lo han visto antes. Súmese a ello que su inquietud y su propio ritmo (mucho más acelerado) les exigen actividades frecuentes que no pueden llevarse a cabo con comodidad en un espacio cerrado y rígido como un salón. Piden práctica, acercamiento con la realidad, aprender haciendo. De hecho, he llegado a pensar que con un buen instructivo y una conexión a internet, pueden resolver problemas en forma casi autodidacta: es la generación que necesita menos de un instructor y más de un mediador (alguien que esté ahí, por si llegaren a necesitarlo).
De la misma forma, su creatividad – otra característica definitoria de su generación – se ve refrenada por las formas didácticas lentas, rígidas y centradas en las calificaciones. Es notoria su capacidad para resolver problemas poco estructurados, así como darle un toque personal a las cuestiones que les inquietan. Cuando se encuentran motivados, son capaces de trabajar en equipo y su pragmatismo les permite incrementar su eficacia. Además, creo notar en ellos un gran potencial para desarrollar liderazgos. No reconozco en mi generación tantos chavos con talentos para desenvolverse socialmente como ahora identifico en quienes han sido mis alumnos. Pienso que este talento especial para organizar y dirigir a otros no siempre es consciente y, por lo tanto, no lo explotan al máximo. Sin embargo, ya que maduran significativamente más rápido, conservo la firme creencia de que habrán de encargarse de los problemas de su (nuestro) mundo a tiempo y con la prestancia necesaria.
Más allá de las demandas legítimas que la escuela no les cumple, los observo necesitados de utopías: tienen el deseo y la energía, pero carecen de horizontes, tienen las ganas, pero no saben en dónde enfocarlas. Los veo, en suma, queriendo creer en algo, en alguien, en una época en la que el relativismo no permite creencias sólidas ni historias de heroísmo perdurables. Creo, ahora que lo escribo y lo hago consciente, que lo único que les hace falta para trascender es, precisamente, volver a crear historias, cuentos, mitos, en los que ellos sean los protagonistas que nos muestren el Nuevo Mundo al que deberíamos dirigirnos.
Un apunte que, por ser el más importante, dejo al final. A pesar de que lidian todos los días con una complejidad e incertidumbre que no escogieron, saben manifestar abiertamente sus sentimientos y afectos: los aprecio especialmente generosos cuando se trata de ser solidarios entre ellos y con nostros los adultos. Yo no he hecho más que recibir de ellos camaradería, tolerancia, paciencia y alegría. Asi que tengo plena confianza en que los destinos de la aldea global están en buenas manos. Enhorabuena, chavos.

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