Sobre las alianzas electorales en Oaxaca
En mis intervenciones anteriores he venido delimitando lo que desde mi punto de vista está viviendo actualmente el sistema político oaxaqueño: un proceso de transición a la democracia desde un régimen autoritario. En esta entrega, doy una serie de características que me permiten comprobar no sólo que estamos viviendo el proceso antes mencionado, sino que el modelo de transición que vivimos es de tipo conflictivo.
La semana pasada mencionaba que la diferencia entre el modelo consensual y el conflictivo se basa en la existencia de un pacto global, donde precisamente todas las fuerzas puedan delinear tanto los límites como los tiempos del proceso de transición. Enseguida caracterizo el modelo de transición conflictivo que he defendido y argumentado para Oaxaca.
Caracterizaciones de la transición conflictiva de Oaxaca
De manera general, las diversas transiciones democráticas que se vivieron en el último cuarto del siglo XX en América latina se caracterizaron porque no existieron pactos generales. La violencia y la represión, así como la participación de los militares para reprimir a integrantes de diversas agrupaciones sociales, políticas y económicas que diferían de la forma en que operaba el régimen, el gobierno en turno, fueron encarceladas, desaparecidas, torturadas y asesinadas cruelmente. Es por ello que lo que está pasando en Oaxaca no se aleja de ninguna manera a lo que pasó en este lapso de tiempo en América Latina. Además, si observamos los procesos de transición que comenzaron en Europa del Este en la década de los setenta volveremos a encontrar características generales de lo que allí sucedió y sucede aquí.
No tengamos miedo de decirle a las cosas por su nombre, no temamos a decir dictador, asesino, tirano, autoritario, secuestrador, delincuente, cuando los hechos nos demuestran lo que ha pasado. En efecto, las ciencias sociales y en especial la ciencia política, se basa en la creación de teorías y metodologías que tienen una comprobación empírica.
En primera instancia tenemos que observar que el gobierno de Ulises Ruiz Ortiz entro con una nula legitimidad de origen. Aunque por diversos factores legales logró acceder al poder, su legalidad no está en tela de juicio, pues así lo señalaron las instituciones locales y nacionales. Lo que debemos de entender es que durante todo el periodo de tiempo, su legitimidad ha sido la que ha estado navegando en terrenos donde esta simplemente se pierde, se erosiona, se termina, se consume.
La legitimidad de origen fue tremendamente cuestionada por los diversos partidos opositores que compitieron en el 2004, pues los diversos mecanismos que utilizó el régimen autoritario oaxaqueño para competir en ese proceso y la manera en que se operó en el mismo día de las elecciones, no nos permiten hablar de un proceso electoral democrático. A pesar de esto, la oposición política logró generar una expectativa que se puede comparar con la que tuvo lugar a nivel nacional en las elecciones del 1988.
En el caso de su legitimidad en ejercicio, la cual se construye desde la forma de gobernar y los resultados que obtenga, esta ha estado en caída libre. El 2006 es la muestra más clara de un gobernante que ante las peticiones de los ciudadanos actuó de manera autoritaria. Las consecuencias están a la vista, la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) ha señalado la responsabilidad del régimen oaxaqueño en los actos de represión y desaparición de activistas. En esta semana, el supuesto asesino de Brad Will ha quedado en libertad, porque las autoridades estatales y federales no han podido comprobar que en verdad esta persona mató al periodista y activista de IndyMedia New York.
Por los diversos fenómenos que han sucedido y la violencia del Estado Oaxaqueño hacia sus ciudadanos y opositores políticos, podemos decir que el régimen autoritario ha estado colapsando de manera sistemática desde el 2004, como si de un enfermo terminal se tratara. Por su parte, la oposición tanto partidista como de organizaciones sociales, sindicatos y colectivos, ha ido creciendo de manera sostenida. Se puede apuntar que este colapso o decremento del régimen político y aumento de la oposición es un juego de suma cero; o sea, todo lo que mi contrincante pierda, yo lo gano. Si no llega a pasar algo realmente extremo que desmovilice a la oposición no partidista, será difícil que el régimen se pueda recuperar. Por su parte, la oposición crecerá hasta llegar a un punto en el cual pueda derrotar a los gobernantes oficialistas. Es en este punto, donde el proceso electoral juega su papel importante, pues será en él donde la forma de gobierno puede transitar a la democracia.
Aunque hasta el momento en el sexenio de Ulises Ruiz Ortiz no han existido casos de militantes connotados que abandonen al Revolucionario Institucional, esto no indica que no hayan existido fisuras en el partido oficial y en el gobierno en la última década. El caso más emblemático en este sentido, es Gabino Cué Monteagudo, sin este personaje carismático que proviene del dinoasurio autoritario la oposición simplemente no se hubiera unido en el 2004 y este año.
Aun así en el PRI actual hay fisuras, hay roces y reclamos anormales por partes de diversos grupos que integran al partido. En primera instancia, la aparición de políticos priistas que se han atrevido a contradecir lo que plantea el jefe del partido, o sea, Ulises Ruiz Ortiz, sólo demuestra que hay -por lo menos- un grupo que no está de acuerdo con la continuidad del grupo priista que ha dirigido el gobierno estatal en los últimos seis años. Es más, si el tricolor pierde las elecciones del 4 de julio, el grupo opositor al interior del PRI reclamará y dirá que la cerrazón del gobernante los llevó al fracaso. Por el momento, no se deben descartar más fisuras.
Aunque los diversos fenómenos que se han presentado en los últimos 10 años en el estado de Oaxaca demuestran que el proceso de transición a la democracia ha sido doloroso, violento y cargado de muertes realizadas por el Estado, hay una ventaja que actualmente se tiene sobre el modelo de transición consensual. El hecho de que al ser una transición conflictiva, permite que las transformaciones en el sistema político oaxaqueño y en las instituciones sean más completas. En efecto, al no existir un pacto entre los autoritarios y las fuerzas democráticas, se permite que al perder el poder el régimen autoritario en un proceso electoral, los opositores, ahora gobierno, tengan que dialogar y decidir con una base más amplia, lo que exige que se tengan que generar nuevas reglas para el consenso y que garanticen la participación de todos, pues al tener demasiada vulnerabilidad el gobierno, se debe evitar que la violencia surja, ya que esto puede ser aprovechado para generar inestabilidad por parte de las fuerzas autoritarias que se niegan a salir del poder.
Otra de las cuestiones que no se deben obviar en el largo proceso oaxaqueño, son las constantes oposiciones desleales y confrontaciones directas entre los grupos que promueven la democracia. Si revisamos las diversas formas de comportamiento de diversos grupos específicos de la oposición oaxaqueña, podremos notar que al menos en esta última década muchas veces apoyaron al gobierno autoritario. En el 2004, el Partido del Trabajo perteneció a la alianza oficialista que llevó a Ulises Ruiz Ortiz al poder. Otro ejemplo, puede ser el rol que ha jugado a lo largo del tiempo el Partido Acción Nacional en Oaxaca, donde de un día para otro termina solapando las represiones del Estado y la violencia institucional, como lo hizo en 2006. El resto de la izquierda tampoco se salva. A pesar de estos ejemplos esbozados que nos vuelven a demostrar que la transición en Oaxaca cae en el modelo conflictivo, tenemos que recalcar que la característica principal es que no ha existido un pacto general expreso entre las diversas fuerzas políticas.
Antes de entrar a un breve comentario sobre los factores externos que están posibilitando el proceso de transición, es necesario apuntar, como lo hace la transitología, que en Oaxaca ningún grupo es predominante para imponer de manera unilateral su proyecto. Los diversos partidos políticos de oposición se necesitan para derrotar al PRI y este necesita de algún grupo opositor para poder mantener el poder de manera tranquila, pero lo polarizado del sistema de partidos hace imposible que en este proceso puedan dialogar entre si. Por lo tanto, actualmente las fuerzas están equilibradas y bien definidas. De allí que sea una estupidez tratar de entender las alianzas que se han realizado en Oaxaca bajo características democráticas y decir tonterías como que la derecha y la izquierda no se pueden unir, pues para que estas se repelan necesitamos forzosamente vivir en democracia y que el sistema electoral garantice un proceso netamente democrático. Lo que hoy existe en Oaxaca son alianzas autoritarias y con tintes democráticos, ha esto regresaré más adelante.
En conclusión, un modelo de transición conflictivo es el que se está viviendo en Oaxaca porque los eventos coyunturales que han sucedido a lo largo del tiempo se ubican en estas categorías analíticas, sin forzar términos y permitiendo la comprobación empírica de la teoría. Diversos sectores de la población oaxaqueña, grupos organizados y partidos políticos que tienen en común su oposición al régimen autoritario han vivido la represión del gobierno, se han violado los derechos humanos de una cantidad trascendental de oaxaqueños; se ha tenido a una sociedad civil débil que no ha logrado institucionalizar sus demandas y un sistema de partidos políticos polarizado que no ha creado un gran acuerdo. Por lo tanto, Oaxaca está viviendo un proceso conflictivo de transición desde un régimen autoritario hacia uno democrático.



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