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Nació con el don para ser huesera

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image Doña Filomena, huesera desde hace 59 años.

Según la costumbre, la remuneración de la huesera se da en especie: tortillas, huevo, mezcalito y cigarros

“Para ser huesero o huesera hay que tener el don; esto no se aprende ni se estudia, se nace con él”, señala la señora Filomena de 70 años, mientras está sobando a una niña de 14, quien dice sentir dolor en la espalda, quizá, como consecuencia de una caída cuando era pequeña.
Sus manos arrugadas pero llenas de energía, capaces de componer y acomodar los huesos de sus pacientes; doña Filomena, quien radica en rancho Tejas, Tlahuitoltepec, señala que comenzó a trabajar en este oficio entre los 11 y 12 años de edad. 
Cuenta que en un inicio sus padres no aceptaban la idea que ella fuera huesera, pero como expresa, “todo empezó por un accidente”, ella cuidaba borregos con su hermana, cuando uno de los animales se cayó en un barranco, rompiéndose así una pata, desde ese entonces, Filomena, por el miedo de que sus padres lo regañaran, empezó a sobar al borrego, varios días lo tuvo que cuidar, pero logró que el animal se curara, pero nunca se imaginó que en un futuro se dedicaría a este oficio.
Poco después, su hermana se accidentó de los pies, su mamá le pidió que la ayudara para ver si realmente daba resultados como contaba la gente.
Fue así que en ese momento demostró que sí podía sentir perfectamente dónde estaba el dolor, dónde y qué parte del hueso estaba lastimado. “Mis manos me llevan y me indican dónde está la herida, mis manos me guían, y yo no a ellas”, señaló mientras tomaba un poco de sebo para untarlo en el cuerpo de la niña, concretamente, en la parte lastimada; enseguida comenzaba a sobar cada uno de los músculos y huesos de la zona, con el objeto de juntar y componer el hombro y la espalda.
Prosiguió: “a partir de eso, los vecinos ya estaban enterados, la gente empezó a visitarme, o me pedía que fuera a atender al paciente a su casa.” Así las personas del pueblo la empezaron a conocer, más por la efectividad de su servicio, lo que la llevó a tener trabajos todo el día, descuidando un poco su hogar.
Hasta ese entonces sus padres la comprendieron y la apoyaron, la llevaron con una señora, un vidente o adivino, en mixe le dicen xëmapyë, “para que ella me guiara y me dijera qué hacer y cómo hacer en este caso cuando uno recibe el don de la naturaleza”, indica Filomena, una mujer que físicamente se ve fuerte, pero afirma que su cuerpo ya está cansado, principalmente, sus milagrosas manos por trabajar de manera continua por casi 60 años.

Hueseros, quedan pocos
Con el paso del tiempo ha perdido la mayoría de sus dientes, pero aún así, Filomena no deja de hablar ni un segundo, entre pláticas resaltó que le preocupa que ya no haya gente joven que se dedique a eso, ser huesero o huesera, son poco los que quedan, y los que quedan son personas mayores.
Mencionó que en la Clínica del pueblo ya es conocida, al igual que otras curanderas, últimamente la han invitado para ir a otros lugares y enseñar su oficio, lo que la hace feliz, aunque subrayó que este oficio no se puede aprender tan fácil, pues es mejor cuando uno nace con él.

Los actuales, cobran caro
Reconoció que algunos hueseros o hueseras sólo van por el dinero, sin importarles si se cura el paciente o no; la mayoría cobran por sesión, en cambio ella, o más bien, así empezó, el paciente le da a cambio tortillas embarradas de chintestle, huevos, mezcalito y el cigarro, cumpliendo con la costumbre.
Aunque por una parte culpó a los propios pacientes de no querer llevar todo eso y prefieren, a cambio, dar dinero. “En lo que respecta a mi –señala– me gustaría más que la gente cumpliera con la costumbre, y que no mal interpreten, que el dinero no es para hacerme rica, el adivino en este caso me indica qué hacer, generablemente, cada mes tengo que agradecerle a Dios y a la naturaleza, yendo al cerro para pedir por el bienestar de mis pacientes y para que me dé más fuerza de seguir ayudando a la gente; en todo eso invierto lo que gano”.

Su vida matrimonial
No habría sido fácil para Filomena, porque en sus tiempos, el machismo florecía, relata que cuando su ahora marido la pidió, ella temía que el algún momento el hombre no entendiera su trabajo, ya que ser huesera indica que tiene que estar en contacto con hombres, mujeres y niños, sin distinción alguna.
Pero afortunadamente su pareja la entendió, respetó su trabajo, la apoyaba porque sabía que no era un oficio cualquiera.

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